Hackfeminismo en Abya Yala: reconociendo prácticas y reflexiones desde posturas contra-hegemónicas

Justificación del proyecto

Desde una primera instancia de revisión bibliográfica, se decide estudiar algunas cargas sexistas y androcéntricas sobre el desarrollo de plataformas digitales que han legitimación a ciertos métodos y grupos que se posicionan por sobre otras. El género es una variable ampliamente discutida dentro de los estudios de ciencia, tecnología y sociedad que han incentivado el dejar de asumir el carácter neutral y objetivo de la tecnología ya que se reconocen valores sociales en la institución que reflejan el sexismo y la jerarquización de categorías y valores denominadas masculinas y femeninas, inferiorizando los valores considerados femeninos.

Eulalia Pérez Sedeño escribe que “los sistemas tecnológicos tienen valores que no son evidentes en la selección de los fines a lograr por medios tecnológicos. El criterio instrumental, la eficacia, enmascara esos valores” (Pérez Sedeño, 1998, pág. 25) contaminados del sexismo, el racismo, y la clase, como sistemas que reproducen y propagan desigualdad beneficiando a hombres blancos, ricos, blancos y del hemisferio norte, valores donde ni el feminismo ni la problematización sobre la desigualdad de géneros tienen cabida. En ese sentido, Pérez Sedeño propone deshacer la relación entre masculinidad y tecnología, que tendrá como resultado “un nuevo criterio de demarcación, una redefinición de la tecnología y de qué debemos considerar progreso tecnológico” (Pérez Sedeño, 1998, pág. 28). Para esto, es importante generar una discusión sobre estos temas, desde ejemplos situados que consideren experiencias concretas, alejándonos de patrones de teorías universales.

Por otro lado, varias corrientes teóricas feministas han problematizado algunas posturas con respecto al género en el ciberespacio. Por un lado, el ciberfeminismo durante los años noventa propulsado por Sadie plant y VNS Matrix problematiza desde una visión optimista la posición de las mujeres en la tecnología, reconociéndoles como parte del desarrollo digital:

“Cuando las compuadoras eran máquinas vistualmente reales, las mujeres escribían el software que ejecutaban. Y cuando las computadoras era un término que se aplicaba a los trabajadores de carne y hueso, los cuerpos que los componían eran mujeres. Hardware, software, wetware: antes de sus inicios y más allá de sus fines, las mujeres han sido las simuladoras, ensambladoras y programadoras de las maquinas digitales” (Plant, 1998)

Esta perspectiva ha incentivado la participación y creatividad digital en “un futuro no tripulado ni sentenciado; una oportunidad de resistencia frente al poder masculino de siempre” (Zafra, 2018, pág. 14) que precisa de agentes que se apropien estos mecanismos “para la acción política más efectiva.” (Zafra, 2018). Por otro lado, la corriente tecnofeminista propuesta por Judy Wajcman (2006) se preocupa de las prácticas sociotécnicas concretas entre hombres y mujeres, sobre los propios valores que encarnan los objetos tecnológicos.

Ante la amplia teorización y comprobación empírica de la inequidad de género en la tecnología, se considera, a efectos de este ensayo, importante intersectar estas discriminaciones del acceso a internet con variantes situados, reconociendo un contexto global de élites capitalistas, patriarcales y blancas que mantienen un oligopolio de datos y plataformas digitales que inscriben límites políticos entre regiones y naciones. Las empresas transnacionales de plataformas digitales han reproducido formas de acumulación con una carga ideológica capitalista a una escala global y con una concentrada aglomeración de infraestructuras que influyen en las agendas nacionales y que guían “las formas de explotación contemporáneas de la vida de los pueblos latinoamericanos.” (Tello, 2020, pág. 60). Frente a esto ¿cuál es el espacio efectivo de desarrollo tecnológico dentro del mercado global para personas y grupos que redibujan los limites impuestos, desde Latinoamérica? 

Los estudios poscolonialistas han evidenciado que la legitimidad del conocimiento depende de su procedencia, por lo que no tienen un mismo valor las investigaciones realizadas desde el sur global con respecto de las estadounidenses o europeas, generando periferias del conocimiento geopolíticas que necesitan validaciones desde las lógicas normadas por el centro. Esto es porque la historia ha sido contada desde solo un lado, aniquilando memorias indígenas y jerarquizando desde las estructuras hegemónicas de la sociedad, convirtiéndose en un “instrumento ideológico de dominación social” (Yopasa Ramírez, 2011, pág. 114). Las condiciones geográficas, climáticas, culturales y sociodemográficos explican la sensación de subdesarrollo de las economías africanas, asiáticas y latinoamericanas, además del “desaprovechamiento histórico de las oportunidades que los cambios tecnológicos y técnicos propias de las revoluciones industriales les ofrecieron, sino, a la acción y/o inacción de los gobernantes en la aplicación de políticas en un contexto de instituciones políticas y económicas no inclusivas, antes que las mismas condiciones de la geografía política” (Muñoz Velasco & Avedaño López, 2014), que estructuran formas de poder, donde la tecnología ha tenido un rol de herramienta para el desarrollo de los pueblos y para el “ordenamiento geopolítico del mundo”, profundizadas por el mercado y las políticas de gobierno.

Reconociendo las marcas que atraviesan a la tecnología, se identifican a personas que tienen prácticas digitales que reivindican una “desobediencia epistémica y resistencia política frente a la colonialidad del saber, el ser y el sentir” (Quijano, 2018). Desde la perspectiva de la colonialidad del poder, se incita al ejercicio analítico de desentrañar mecanismos de control en el capitalismo cognitivo sobre: “trabajo/recursos/productos, sobre sexo/recursos/productos, sobre autoridades/instituciones/violencia, y sobre intersubjetividad/conocimiento/comunicación” (Quijano, 2018).

Desde un análisis relativamente más concreto, ¿Qué consecuencias sociales tiene la brecha digital en los datos masivos? Según Boyd y Crawford (2012),  explican seis ejemplos que generan críticas en las tecnologías de big data; desde la definición del conocimiento, desde su influencia en la investigación y los modelos de inteligencia; su presunción de objetividad; los valores socioculturales tras la interpretación de datos masivos; la ética tras la extracción de datos; finalmente, la información recaudada sobre las redes entre usuarios no es equivalente a la información de las redes personales; y el punto central de este artículo, las nuevas divisiones digitales debido al acceso limitado. En este último punto, Boyd y Crawford destaca que las redes sociales son las que tienen acceso a masivos datos transnacionales, además de Google, que a la demás comunidad no podrá acceder. El acceso en sí mismo es una herramienta discriminadora, sin embargo, con él vienen habilidades computacionales que benefician en su mayoría a algunos pocos y que restringe el desarrollo para algunes. “Siempre que las desigualdades se escriben explícitamente en el sistema, producen estructuras de clase” (Boyd & Crawford, 2012, pág. 24).

Frente a este escenario, es relevante recordar a Howard Becker desde la teoría de los outsiders, entendiéndoseles como grupos que transgreden reglas definidas socialmente, entendida como una consecuencia de las aplicaciones de las reglas sociales, mediante la respuesta de otres ante el acto (Becker, 1963). En este sentido se puede entender esta práctica hackfeminista, en concreto, como una practica no hegemónica que, si bien se desmarca de normas sociales arraigadas al sistema capitalista, patriarcal e imperialista, pero que, aunque haya sido cargado de sinónimos negativos, continua por un placer a su acción (Coleman, 2013). En este sentido es interesante entrecruzar con Becker cuando reconoce que las reglas sociales son creadas por grupos sociales específicos y “cuya aplicación está a cargo de algún grupo creado específicamente para eso, pueden diferir de lo que la mayoría de la gente piensa que es correcto (Becker, 1963, pág. 35).

Habiendo hecho los alcances anteriores, se destacan valores en las instituciones de plataformas digitales y las industrias de datos masivos que causan una situación desigual, por lo que es importante reescribir las normas instauradas por medio de la documentación de experiencias alternas, reconociendo su trabajo y su existencia en el mercado digital. Para eso, esta investigación busca situarse en el caso de: La Imilla Hacker, colectiva boliviana que, entre sus demás labores, busca reapropiar espacios en internet, lo que resulta imprescindible para tener un mínimo de incidencia en la era digital, especialmente desde un posicionamiento feminista e indígena; y la colectiva Sursiendo de Chiapas, México, que desarrolla sus quehaceres desde el activismo, la comunicación, el diseño, los softwares y la cultura libre, la educación popular, el arte y la gestión cultural. De esta manera, interesa reflexionar sobre internet desde el feminismo y desde Abya Yala, repensando la infraestructura en la que se construye la cultura digital y los sistemas de gobernanza, promoviendo estructuras descentralizadas y con lógicas que se desarticulen del sistema patriarcal, haciendo de internet un lugar diferente.

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